Manejo de la queratoconjuntivitis infecciosa bovina en ganado de carne: Evidencia científica aplicada a la decisión de finca 

Resumen 

La queratoconjuntivitis infecciosa bovina (QIB), conocida como mal de ojo, ojo blanco o pinkeye, es la enfermedad ocular más difundida del ganado de carne y no ha cambiado su comportamiento en cuarenta años. No existe una definición de caso aceptada, lo que distorsiona el diagnóstico, la investigación y la evaluación de cualquier medida de control. Moraxella bovis es la única bacteria que ha reproducido la enfermedad en condiciones controladas, pero habita también ojos sanos, de modo que un cultivo positivo no confirma la causa. La enfermedad exige la coincidencia de tres condiciones: un microorganismo capaz de colonizar, un ojo previamente irritado y condiciones de ambiente y manejo que faciliten el contacto. La radiación solar es el irritante mejor demostrado; el papel de las moscas está probado en laboratorio pero no en campo, y su principal vector habita zonas templadas ausentes del trópico. El ganado cebuino se enferma entre cinco y seis veces menos que el europeo, y la ganadería tropical presenta entre cuatro y cinco veces menos casos que la subtropical o templada. Ninguna vacuna comercial ha demostrado eficacia de campo. 

Palabras clave: queratoconjuntivitis infecciosa bovina, mal de ojo, ojo blanco, pinkeye bovino, Moraxella bovis, úlcera corneal, ganado cebuino, sistemas de cría, bovinos de carne, América Latina.

Introducción: qué es la QIB y por qué sigue sin resolverse

Una encuesta a productores de carne en Australia resume el problema: de 1.052 ganaderos, el 94,1 % tuvo mal de ojo entre 2014 y 2018 y uno de cada tres lo tuvo todos los años del período, cifras equivalentes al 81 % reportado en una encuesta de 1975 a 1979. En cuarenta años, la situación no ha cambiado (Dennis y Kneipp, 2021).

Parte de la explicación es que todavía no existe acuerdo sobre qué es exactamente la enfermedad. No hay criterios comunes para decidir si un animal o un hato «tienen mal de ojo» (Kneipp, 2021), y si dos técnicos recorren el mismo lote y cuentan cosas distintas, ningún registro sirve para comparar años ni para evaluar una intervención.

Una enfermedad de rebaño, no de un animal suelto

Esta es la primera corrección práctica: un solo animal con el ojo comprometido rara vez es QIB; puede ser un golpe, una espina o un cuerpo extraño. Kneipp (2021) propone reservar el nombre para un cuadro que afecta solo los ojos, se mueve rápido dentro del grupo y toca a una proporción significativa del hato (Tabla 1). Conviene además bajar una expectativa extendida: los ojos afectados suelen mejorar entre una y tres semanas y las úlceras menores de 5 mm con frecuencia se resuelven solas. Buena parte de lo que se atribuye al tratamiento es la enfermedad siguiendo su curso.

Tabla 1. Criterios operativos para definir un caso de QIB de hato.

Qué se observaUmbral propuestoDecisión que dispara
Proporción de terneros afectadosMás del 2%Se considera evento de hato, no caso individual
Proporción de vacas afectadasMás del 0,6%Se considera evento de hato
Tiempo de avance dentro del grupo30 días en promedio (7 a 90)Define la ventana de recorrido intensivo
Animales afectados que desarrollan úlceraAl menos 1 de cada 10Justifica intervención terapéutica
Localización de los signosSolo el ojo, sin compromiso generalSi hay fiebre o decaimiento, buscar otra causa

Nota. Elaboración propia a partir de Kneipp (2021). Los umbrales son promedios de hato, no criterios de diagnóstico individual.

Etiología multifactorial: el modelo de causas componentes

La QIB no se explica por un solo culpable. Requiere la coincidencia de un microorganismo capaz de colonizar, un ojo previamente irritado y condiciones de ambiente y manejo que faciliten el contagio (Figura 1).

Figura 1. Modelo de causas componentes de la queratoconjuntivitis infecciosa bovina. (Elaboración propia a partir de Kneipp, 2021; Loy, Hille et al., 2021; Maier, Doan y O’Connor, 2021.)

Moraxella bovis y el problema del portador sano

Moraxella bovis es la única bacteria que ha producido la enfermedad en condiciones controladas, incluso en terneros criados libres de otros gérmenes. Lo consigue con dos herramientas: unos filamentos diminutos, los pili, con los que se agarra a la córnea —sin ese agarre el lagrimeo y el parpadeo la arrastran, y las cepas sin pili no enferman al animal— y una citotoxina que perfora y destruye las células corneales, responsable directa de la úlcera; las cepas que no la producen son inofensivas. De ahí la conclusión más incómoda: la misma bacteria se aísla de ojos sanos con frecuencia similar a la de ojos enfermos, de modo que encontrar Moraxella en un ojo afectado no prueba que sea la causa del problema (Loy, Hille et al., 2021).

Los demás microorganismos

Moraxella bovoculi nunca ha reproducido la enfermedad en laboratorio, aunque es la que más se aísla en campo. Mycoplasma bovoculi está en más del 45 % de los ojos de terneros normales, pero sí potencia el daño: 6 de 6 terneros preinfectados desarrollaron lesión corneal tras el desafío con M. bovis, frente a 0 de 4 sin exposición previa. El virus de la rinotraqueítis infecciosa bovina produce inflamación de la conjuntiva pero no úlcera de córnea, por lo que corresponde a otra enfermedad (Loy, Clothier y Maier, 2021).

Esto explica por qué un análisis no resuelve un brote. En 179 muestras de ojos enfermos, casi 9 de cada 10 dieron positivo a Mycoplasma bovoculi, 3 de cada 4 a M. bovoculi y 6 de cada 10 a M. bovis, y los tres aparecieron juntos en algo más de la mitad (Zheng et al., 2019). La coinfección es la norma, no la excepción (Figura 2).

Figura 2. Secuencia de formación de la lesión corneal. (Elaboración propia a partir de Loy, Hille et al., 2021 y Maier, Doan y O’Connor, 2021.)

Factores que desencadenan la enfermedad: ambiente y animal

El sol es el factor mejor demostrado

En laboratorio, exponer los ojos a luz ultravioleta equivalente al sol del mediodía en verano, produjo cuadros graves solo en combinación con la bacteria; ni la bacteria sola ni la luz filtrada lograron el mismo efecto. El mecanismo está descrito: la radiación daña las células superficiales de la córnea y la bacteria se adhiere preferentemente a ellas. Lo llamativo es que la sombra, la solución obvia, nunca se ha medido (Maier, Doan y O’Connor, 2021).

Con las moscas hay que ser más cuidadosos de lo habitual

La bacteria sobrevive hasta 48 horas dentro de la mosca de la cara, y en laboratorio bastan unas diez moscas por ojo para lograr contagio: 7 de 16 terneros expuestos a moscas infectadas se enfermaron, frente a 0 de 16 con moscas limpias. Pero en el campo, menos de 5 de cada 100 moscas capturadas cerca de hatos enfermos llevaban la bacteria, y nunca se logró demostrar que a más moscas infectadas haya más casos (Maier, Doan y O’Connor, 2021).

El dato decisivo para América Latina es geográfico: esa mosca habita zonas templadas de Europa, el norte de África, Asia central y Norteamérica, y la enfermedad ya existía en Estados Unidos antes de su llegada. Los autores concluyen que puede ayudar a que la enfermedad se mueva, pero no es indispensable para que ocurra. Esto no obliga a dejar de controlar moscas: obliga a moderar la expectativa de que copiar los programas del hemisferio norte dé aquí los mismos resultados. Al comparar cipermetrina sobre el lomo contra aretes con insecticida en 197 animales no hubo diferencia entre presentaciones (Allan y Van Winden, 2020).

Raza y edad: el factor que más pesa en la región

El mal de ojo es mucho más frecuente en razas europeas y británicas, mientras que el ganado cebuino resiste naturalmente la infección. En el seguimiento de 45.497 terneros de carne en Estados Unidos, la enfermedad afectó al 22,4 % de los Hereford y a apenas el 1,3 % de los Pinzgauer, con un promedio general de 6,5 %; los cruzados con razas adaptadas al trópico se enfermaron menos. En el norte de Australia se reportó 96 % de afectados en Shorthorn frente a 53 % en cruzas Brahman (Dennis y Kneipp, 2021).

La edad es el otro factor claro: los terneros mayores de tres semanas presentaron 11,3 % de casos frente a 0,6 % en los menores de tres semanas (Dennis y Kneipp, 2021), y en el ensayo británico los animales menores de 12 meses concentraron el 78 % de los casos y los de cara blanca tuvieron más del doble de riesgo (Allan y Van Winden, 2020). Seleccionar genéticamente animales resistentes no es hoy una herramienta práctica: la resistencia se hereda poco y avanzar por esa vía sería muy lento (O’Connor, 2021).

Tabla 2. Factores desencadenantes: mecanismo y medida de manejo.

FactorQué haceQué se puede hacer
Radiación solarDaña las células superficiales de la córnea, a las que la bacteria se adhiereOfrecer sombra en potreros y corrales
MoscasTransportan la bacteria y lesionan el ojo al alimentarseAretes con insecticida o aplicación dorsal
RazaEl europeo se enferma mucho más que el cebuinoConsiderarlo al planificar cruzamientos
EdadTerneros y levante no han desarrollado defensas propiasRecorrer estas categorías en la época de riesgo
Genética individualLa resistencia se hereda pocoNo aplicable como herramienta actual
Portadores sanosAnimales con la bacteria y sin signosNo asumir que un hato cerrado está libre

Nota. Elaboración propia a partir de Maier, Doan y O’Connor (2021), Dennis y Kneipp (2021), O’Connor (2021), Loy, Hille et al. (2021) y Allan y Van Winden (2020).

Magnitud e impacto

Cuánto ganado se afecta

Dennis y Kneipp (2021) estimaron la prevalencia mundial en 2,78 % del ganado de carne, con diferencias marcadas por tipo de ganado y clima. Para América Latina y el Caribe la estimación es de 1,71 %, la segunda cifra más baja entre todas las regiones. Esa cifra requiere una advertencia que el artículo original hace de manera explícita: no se midió en campo. Se calculó asignando a cada país una proporción de ganado cebuino según la latitud de su centro geográfico y aplicando prevalencias tomadas de Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia; solo tres países del mundo tienen prevalencia nacional publicada.

La contracara merece el mismo énfasis: menor riesgo no es ausencia de riesgo. Las cifras subtropicales y templadas, cuatro a cinco veces más altas que las tropicales, describen exactamente los sistemas del Cono Sur, las ganaderías de altura en los Andes y cualquier operación con genética predominantemente europea bajo sol intenso.

Cuánto cuesta

En Estados Unidos se calculó una pérdida anual de al menos 226 millones de dólares, pero el dato más útil para decidir en el potrero es otro: un ternero con un ojo comprometido costaba 25,76 dólares y uno con los dos ojos comprometidos 81,96 (Dennis y Kneipp, 2021). El costo se triplica cuando el caso pasa de un ojo a dos, y ese es el verdadero argumento a favor de recorrer los lotes con frecuencia.

Sobre la pérdida de peso conviene ser cauto: es la vía por la que casi todos calculan el daño, pero la evidencia directa es débil. En un ensayo en novillos de levante en pastoreo, los que llevaron parche ganaron 0,47 kg diarios y los que no, 0,43 kg, una diferencia demasiado pequeña para considerarla real (Maier, Davy et al., 2021).

Hay además costos que ninguna estimación contabilizó y que el productor sí paga: la mano de obra de arreo y tratamiento repetido, y los vientres descartados por cicatriz o ceguera. La encuesta del USDA de 2007 registró 1,8 % de vacas descartadas por daño ocular, y en el brote australiano donde el 96 % de los Shorthorn se enfermaron, el 3 % quedó ciego de forma permanente (Dennis y Kneipp, 2021). Lo que no admite discusión es el bienestar: la QIB duele, y sin intervención aumenta el riesgo de secuelas graves, por eso se recomienda tratar (O’Connor y Kneipp, 2021).

Diagnóstico en campo

En lugar de puntajes complicados, Kneipp (2021) propone observar cuatro cosas en orden: estado de la conjuntiva, estado de la córnea (si hay úlcera, de qué tamaño y qué tan profunda), compromiso de otras estructuras y grado de dolor. Dos claves prácticas evitan tratar de más:

  • El color manda. Un ojo azulado indica inflamación activa; uno gris o blanquecino es cicatriz de algo que ya pasó (Figura 3). Muchos animales se tratan sin necesidad por no distinguir una de otra.
  • El colorante confirma. La fluoresceína se fija donde la córnea está lesionada, y en las úlceras profundas el borde se ve difuso porque el colorante se filtra (Figura 4).

Un detalle clínico que vale oro: como los nervios se concentran en la capa más superficial, cuando el animal parece dolerle menos puede ser porque la úlcera se profundizó, no porque esté mejorando (Kneipp, 2021).

Figura 3. Anatomía de la lesión corneal y lectura clínica del color. (Elaboración propia a partir de Kneipp, 2021.)

Figura 4. Prueba de fluoresceína en campo: úlcera superficial frente a úlcera profunda. (Elaboración propia a partir de Kneipp, 2021.)

Tabla 3. Diagnóstico diferencial en el potrero.

CuadroSigno que lo distingue de la QIB¿Compromete al animal en general?
Cuerpo extraño, arista o traumaAnimal aislado; lesión de forma irregularNo
Rinotraqueítis infecciosa bovinaConjuntivitis y párpados inflamados, sin úlcera de córneaSí, con signos respiratorios
Fiebre catarral malignaOpacidad que avanza desde el borde hacia el centro; ganglios aumentadosSí, fiebre alta y descarga nasal
Listeriosis por ensilajeGeneralmente un solo ojo; secreción no purulenta; avance lentoPuede haber signos nerviosos
Micoplasmas y clamidiasConjuntivitis sin úlcera característicaNo necesariamente
Deficiencia de vitamina ACeguera sin úlcera; afecta animales del mismo lote alimentados igualSí
Tumor de ojoMasa de crecimiento progresivo en animales adultosNo

Nota. Elaboración propia a partir de Kneipp (2021) y Loy, Clothier y Maier (2021). La pista más útil es que la QIB afecta solo los ojos.

Figura 5. Árbol de decisión diagnóstica en potrero. (Elaboración propia a partir de Kneipp, 2021.)

Tratamiento basado en evidencia

Tratar es mejor que no tratar, pero no se sabe cuál antibiótico es mejor que cuál: existe un solo estudio comparativo directo, con 30 terneros, del que no se puede concluir nada por deficiencias de diseño (O’Connor y Kneipp, 2021).

El resultado más ilustrativo del área es el de la tulatromicina: al día 9 habían sanado los 49 animales tratados frente a solo 4 de 49 sin tratar, pero al día 21 los no tratados llegaron a 43 de 49. La enfermedad se cura sola con el tiempo, y esa es la razón por la que muchos productos parecen funcionar sin que exista prueba de ello.

Los parches oculares muestran cómo cambia la evidencia: cuando se revisó el tema no había un solo estudio, y un ensayo posterior en novillos de levante en pastoreo mostró que las úlceras cicatrizan en 10 días con parche frente a 14 días sin él (Maier, Davy et al., 2021). Es una medida barata y con respaldo.

Tabla 4. Tratamientos y medidas de apoyo: resultados y calidad del respaldo.

MedidaResultado observadoCalidad del respaldoAdvertencia
Tulatromicina49 de 49 sanaron al día 9, frente a 4 de 49 sin tratarFuerte: dos ensayos controladosProducto registrado varía por país
FlorfenicolÚlcera cerrada al día 20 en 48 de 49 (esquema intramuscular) y 39 de 42 (subcutáneo), frente a 33 de 52 sin tratarBuena: un estudio publicado con resultados clarosEsquemas y dosis difieren entre presentaciones
OxitetraciclinaCicatrización más rápida que sin tratar, sin magnitud reportadaDébil: el expediente de registro no aporta ensayos controladosAmpliamente usada pese al respaldo escaso
Penicilina bajo la conjuntivaNo evaluadaNingunaPosiblemente el tratamiento más usado, sin evidencia
Parche ocularCicatrización en 10 días frente a 14 días sin parcheBuena: un ensayo aleatorizadoNo mejoró de forma clara la ganancia de peso
Colgajo del tercer párpadoNo evaluadoNingunaUso frecuente sin ningún estudio publicado

Nota. Elaboración propia a partir de O’Connor y Kneipp (2021) y Maier, Davy et al. (2021). Los productos registrados, las presentaciones y los tiempos de retiro cambian de un país a otro; todo tratamiento debe ir con prescripción de médico veterinario, ajustado a la norma vigente y al destino comercial de los animales.

Prevención: qué funciona, qué no y qué falta

Ninguna investigación publicada muestra que las vacunas comerciales funcionen, y después de 60 años todavía no hay una eficaz ampliamente disponible. La razón de fondo es conocida. Los pili de la bacteria vienen en al menos siete variantes que no protegen entre sí, la bacteria puede cambiar de una a otra, e incluir varias en una misma vacuna genera competencia entre antígenos. Además, la córnea no tiene vasos sanguíneos, lo que limita la llegada de anticuerpos desde la sangre (Maier, O’Connor y Sheedy, 2021). El trabajo genómico en Uruguay lo confirma desde otro ángulo: la proteína de los pili es el componente más diferente entre las dos especies de Moraxella que interesan, mientras que el sistema de captación de hierro es el más conservado y aparece como blanco más prometedor (Bilbao et al., 2024). La citotoxina, casi idéntica en cepas de todo el mundo, es la otra vía: una vacuna intranasal basada en ella no redujo el número de animales enfermos, pero acortó el tiempo con úlceras graves (Angelos et al., 2023). Es una pista, no una solución.

La vacunación no puede recomendarse ni descartarse de plano, pero no debe ocupar el lugar del control del sol, las moscas y el trauma ocular. Un matiz regional: en Brasil se documentó que un mismo animal puede portar cepas genéticamente distintas de M. bovis a la vez (Comin et al., 2020), de modo que una vacuna autógena elaborada a partir de un solo aislamiento puede no representar el desafío real de la finca.

Tabla 5. Programa de control por categoría animal y época.

MedidaCategoría objetivoÉpocaFrecuenciaResponsable
Recorrido y detección temprana con revisión ocularTerneros al pie de madre y levanteÉpoca de mayor radiación y de mayor carga de moscasAl menos semanalVaquero o mayordomo
Confirmación con fluoresceína y clasificación de la lesiónAnimales detectadosTodo el añoEn cada casoMédico veterinario
Tratamiento con antibiótico de respaldo demostrado, bajo prescripciónAnimales con úlcera confirmadaTodo el añoEn cada casoMédico veterinario
Parche ocular como complemento del tratamientoAnimales con úlceraTodo el añoEn cada casoPersonal capacitado
Sombra disponible en potreros y corralesTodasÉpoca de radiación intensaPermanenteAdministración
Control de moscas (aretes o aplicación dorsal, indistintamente)Terneros y levanteÉpoca de mayor cargaSegún duración del producto; retirar aretes al finalPersonal de manejo
Registro de casos: número de animales, ojos afectados, lote y fechaTodasTodo el añoPermanenteAdministración
Considerar la composición racial al planificar cruzamientosHato reproductorPlanificación anualAnualAdministración y asesor
VacunaciónA evaluar caso por caso——Decisión con el veterinario, informada por la evidencia disponible

Nota. Elaboración propia a partir de Kneipp (2021), O’Connor y Kneipp (2021), Maier, Davy et al. (2021), Maier, Doan y O’Connor (2021), Allan y Van Winden (2020), Dennis y Kneipp (2021) y Maier, O’Connor y Sheedy (2021). En sistemas tropicales con base cebuina el riesgo esperado es menor; en sistemas subtropicales, de altura o con genética predominantemente europea, la detección temprana, la sombra y el control de moscas son prioridad.

Conclusiones y recomendaciones

  1. No hay un solo culpable. Moraxella bovis es la única bacteria que ha demostrado causar la enfermedad, pero vive también en ojos sanos y necesita un ojo previamente irritado. Por eso los programas basados en una sola medida dan resultados dispares.
  2. La cría concentra la mano de obra. Los terneros al pie de la madre concentran los casos; tras el destete la incidencia baja, pero las secuelas se arrastran hasta el descarte de vientres.
  3. La raza y el clima cambian el panorama. Buena parte del ganado latinoamericano está en el lado favorable; los sistemas con genética europea bajo sol intenso, en el opuesto.
  4. Detectar temprano es lo que más rinde. El costo se triplica cuando el caso pasa de un ojo a dos, y recorrer los lotes no requiere comprar nada.
  5. Las vacunas no reemplazan el manejo. Ningún ensayo muestra que las comerciales funcionen.
  6. Distinga cicatriz de lesión activa antes de tratar. El color del ojo y la fluoresceína evitan tratamientos innecesarios y costos de retiro.

Referencias

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Bilbao, L., Acquistapace, S., Umpiérrez, A., Smircich, P., Alonzo, P., Sotelo-Silveira, J. R. y Zunino, P. (2024). Caracterización genómica de cepas de Moraxella bovis y Moraxella bovoculi causantes de queratoconjuntivitis infecciosa bovina en Uruguay. Revista Argentina de Microbiología, 56(2), 165–174. https://doi.org/10.1016/j.ram.2023.12.003

Comin, H. B., Domingues, R., Gaspar, E. B., Gil De Los Santos, J. R. y Cardoso, F. F. (2020). Genetic differences among Moraxella bovis and Moraxella bovoculi isolates from infectious bovine keratoconjunctivitis (IBK) outbreaks in southern Brazil. Genetics and Molecular Biology, 43(2), e20180380. https://doi.org/10.1590/1678-4685-GMB-2018-0380

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