Resumen
La queratoconjuntivitis infecciosa bovina (QIB), conocida como mal de ojo, ojo blanco o pinkeye, es la enfermedad ocular más difundida del ganado de carne y no ha cambiado su comportamiento en cuarenta años. No existe una definición de caso aceptada, lo que distorsiona el diagnóstico, la investigación y la evaluación de cualquier medida de control. Moraxella bovis es la única bacteria que ha reproducido la enfermedad en condiciones controladas, pero habita también ojos sanos, de modo que un cultivo positivo no confirma la causa. La enfermedad exige la coincidencia de tres condiciones: un microorganismo capaz de colonizar, un ojo previamente irritado y condiciones de ambiente y manejo que faciliten el contacto. La radiación solar es el irritante mejor demostrado; el papel de las moscas está probado en laboratorio pero no en campo, y su principal vector habita zonas templadas ausentes del trópico. El ganado cebuino se enferma entre cinco y seis veces menos que el europeo, y la ganadería tropical presenta entre cuatro y cinco veces menos casos que la subtropical o templada. Ninguna vacuna comercial ha demostrado eficacia de campo.
Palabras clave: queratoconjuntivitis infecciosa bovina, mal de ojo, ojo blanco, pinkeye bovino, Moraxella bovis, úlcera corneal, ganado cebuino, sistemas de cría, bovinos de carne, América Latina.
Introducción: qué es la QIB y por qué sigue sin resolverse
Una encuesta a productores de carne en Australia resume el problema: de 1.052 ganaderos, el 94,1 % tuvo mal de ojo entre 2014 y 2018 y uno de cada tres lo tuvo todos los años del período, cifras equivalentes al 81 % reportado en una encuesta de 1975 a 1979. En cuarenta años, la situación no ha cambiado (Dennis y Kneipp, 2021).
Parte de la explicación es que todavía no existe acuerdo sobre qué es exactamente la enfermedad. No hay criterios comunes para decidir si un animal o un hato «tienen mal de ojo» (Kneipp, 2021), y si dos técnicos recorren el mismo lote y cuentan cosas distintas, ningún registro sirve para comparar años ni para evaluar una intervención.
Una enfermedad de rebaño, no de un animal suelto
Esta es la primera corrección práctica: un solo animal con el ojo comprometido rara vez es QIB; puede ser un golpe, una espina o un cuerpo extraño. Kneipp (2021) propone reservar el nombre para un cuadro que afecta solo los ojos, se mueve rápido dentro del grupo y toca a una proporción significativa del hato (Tabla 1). Conviene además bajar una expectativa extendida: los ojos afectados suelen mejorar entre una y tres semanas y las úlceras menores de 5 mm con frecuencia se resuelven solas. Buena parte de lo que se atribuye al tratamiento es la enfermedad siguiendo su curso.
Tabla 1. Criterios operativos para definir un caso de QIB de hato.
| Qué se observa | Umbral propuesto | Decisión que dispara |
| Proporción de terneros afectados | Más del 2% | Se considera evento de hato, no caso individual |
| Proporción de vacas afectadas | Más del 0,6% | Se considera evento de hato |
| Tiempo de avance dentro del grupo | 30 días en promedio (7 a 90) | Define la ventana de recorrido intensivo |
| Animales afectados que desarrollan úlcera | Al menos 1 de cada 10 | Justifica intervención terapéutica |
| Localización de los signos | Solo el ojo, sin compromiso general | Si hay fiebre o decaimiento, buscar otra causa |
Nota. Elaboración propia a partir de Kneipp (2021). Los umbrales son promedios de hato, no criterios de diagnóstico individual.
Etiología multifactorial: el modelo de causas componentes
La QIB no se explica por un solo culpable. Requiere la coincidencia de un microorganismo capaz de colonizar, un ojo previamente irritado y condiciones de ambiente y manejo que faciliten el contagio (Figura 1).

Figura 1. Modelo de causas componentes de la queratoconjuntivitis infecciosa bovina. (Elaboración propia a partir de Kneipp, 2021; Loy, Hille et al., 2021; Maier, Doan y O’Connor, 2021.)
Moraxella bovis y el problema del portador sano
Moraxella bovis es la única bacteria que ha producido la enfermedad en condiciones controladas, incluso en terneros criados libres de otros gérmenes. Lo consigue con dos herramientas: unos filamentos diminutos, los pili, con los que se agarra a la córnea —sin ese agarre el lagrimeo y el parpadeo la arrastran, y las cepas sin pili no enferman al animal— y una citotoxina que perfora y destruye las células corneales, responsable directa de la úlcera; las cepas que no la producen son inofensivas. De ahí la conclusión más incómoda: la misma bacteria se aísla de ojos sanos con frecuencia similar a la de ojos enfermos, de modo que encontrar Moraxella en un ojo afectado no prueba que sea la causa del problema (Loy, Hille et al., 2021).
Los demás microorganismos
Moraxella bovoculi nunca ha reproducido la enfermedad en laboratorio, aunque es la que más se aísla en campo. Mycoplasma bovoculi está en más del 45 % de los ojos de terneros normales, pero sí potencia el daño: 6 de 6 terneros preinfectados desarrollaron lesión corneal tras el desafío con M. bovis, frente a 0 de 4 sin exposición previa. El virus de la rinotraqueítis infecciosa bovina produce inflamación de la conjuntiva pero no úlcera de córnea, por lo que corresponde a otra enfermedad (Loy, Clothier y Maier, 2021).
Esto explica por qué un análisis no resuelve un brote. En 179 muestras de ojos enfermos, casi 9 de cada 10 dieron positivo a Mycoplasma bovoculi, 3 de cada 4 a M. bovoculi y 6 de cada 10 a M. bovis, y los tres aparecieron juntos en algo más de la mitad (Zheng et al., 2019). La coinfección es la norma, no la excepción (Figura 2).

Figura 2. Secuencia de formación de la lesión corneal. (Elaboración propia a partir de Loy, Hille et al., 2021 y Maier, Doan y O’Connor, 2021.)
Factores que desencadenan la enfermedad: ambiente y animal
El sol es el factor mejor demostrado
En laboratorio, exponer los ojos a luz ultravioleta equivalente al sol del mediodía en verano, produjo cuadros graves solo en combinación con la bacteria; ni la bacteria sola ni la luz filtrada lograron el mismo efecto. El mecanismo está descrito: la radiación daña las células superficiales de la córnea y la bacteria se adhiere preferentemente a ellas. Lo llamativo es que la sombra, la solución obvia, nunca se ha medido (Maier, Doan y O’Connor, 2021).
Con las moscas hay que ser más cuidadosos de lo habitual
La bacteria sobrevive hasta 48 horas dentro de la mosca de la cara, y en laboratorio bastan unas diez moscas por ojo para lograr contagio: 7 de 16 terneros expuestos a moscas infectadas se enfermaron, frente a 0 de 16 con moscas limpias. Pero en el campo, menos de 5 de cada 100 moscas capturadas cerca de hatos enfermos llevaban la bacteria, y nunca se logró demostrar que a más moscas infectadas haya más casos (Maier, Doan y O’Connor, 2021).
El dato decisivo para América Latina es geográfico: esa mosca habita zonas templadas de Europa, el norte de África, Asia central y Norteamérica, y la enfermedad ya existía en Estados Unidos antes de su llegada. Los autores concluyen que puede ayudar a que la enfermedad se mueva, pero no es indispensable para que ocurra. Esto no obliga a dejar de controlar moscas: obliga a moderar la expectativa de que copiar los programas del hemisferio norte dé aquí los mismos resultados. Al comparar cipermetrina sobre el lomo contra aretes con insecticida en 197 animales no hubo diferencia entre presentaciones (Allan y Van Winden, 2020).
Raza y edad: el factor que más pesa en la región
El mal de ojo es mucho más frecuente en razas europeas y británicas, mientras que el ganado cebuino resiste naturalmente la infección. En el seguimiento de 45.497 terneros de carne en Estados Unidos, la enfermedad afectó al 22,4 % de los Hereford y a apenas el 1,3 % de los Pinzgauer, con un promedio general de 6,5 %; los cruzados con razas adaptadas al trópico se enfermaron menos. En el norte de Australia se reportó 96 % de afectados en Shorthorn frente a 53 % en cruzas Brahman (Dennis y Kneipp, 2021).
La edad es el otro factor claro: los terneros mayores de tres semanas presentaron 11,3 % de casos frente a 0,6 % en los menores de tres semanas (Dennis y Kneipp, 2021), y en el ensayo británico los animales menores de 12 meses concentraron el 78 % de los casos y los de cara blanca tuvieron más del doble de riesgo (Allan y Van Winden, 2020). Seleccionar genéticamente animales resistentes no es hoy una herramienta práctica: la resistencia se hereda poco y avanzar por esa vía sería muy lento (O’Connor, 2021).
Tabla 2. Factores desencadenantes: mecanismo y medida de manejo.
| Factor | Qué hace | Qué se puede hacer |
| Radiación solar | Daña las células superficiales de la córnea, a las que la bacteria se adhiere | Ofrecer sombra en potreros y corrales |
| Moscas | Transportan la bacteria y lesionan el ojo al alimentarse | Aretes con insecticida o aplicación dorsal |
| Raza | El europeo se enferma mucho más que el cebuino | Considerarlo al planificar cruzamientos |
| Edad | Terneros y levante no han desarrollado defensas propias | Recorrer estas categorías en la época de riesgo |
| Genética individual | La resistencia se hereda poco | No aplicable como herramienta actual |
| Portadores sanos | Animales con la bacteria y sin signos | No asumir que un hato cerrado está libre |
Nota. Elaboración propia a partir de Maier, Doan y O’Connor (2021), Dennis y Kneipp (2021), O’Connor (2021), Loy, Hille et al. (2021) y Allan y Van Winden (2020).
Magnitud e impacto
Cuánto ganado se afecta
Dennis y Kneipp (2021) estimaron la prevalencia mundial en 2,78 % del ganado de carne, con diferencias marcadas por tipo de ganado y clima. Para América Latina y el Caribe la estimación es de 1,71 %, la segunda cifra más baja entre todas las regiones. Esa cifra requiere una advertencia que el artículo original hace de manera explícita: no se midió en campo. Se calculó asignando a cada país una proporción de ganado cebuino según la latitud de su centro geográfico y aplicando prevalencias tomadas de Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia; solo tres países del mundo tienen prevalencia nacional publicada.
La contracara merece el mismo énfasis: menor riesgo no es ausencia de riesgo. Las cifras subtropicales y templadas, cuatro a cinco veces más altas que las tropicales, describen exactamente los sistemas del Cono Sur, las ganaderías de altura en los Andes y cualquier operación con genética predominantemente europea bajo sol intenso.
Cuánto cuesta
En Estados Unidos se calculó una pérdida anual de al menos 226 millones de dólares, pero el dato más útil para decidir en el potrero es otro: un ternero con un ojo comprometido costaba 25,76 dólares y uno con los dos ojos comprometidos 81,96 (Dennis y Kneipp, 2021). El costo se triplica cuando el caso pasa de un ojo a dos, y ese es el verdadero argumento a favor de recorrer los lotes con frecuencia.
Sobre la pérdida de peso conviene ser cauto: es la vía por la que casi todos calculan el daño, pero la evidencia directa es débil. En un ensayo en novillos de levante en pastoreo, los que llevaron parche ganaron 0,47 kg diarios y los que no, 0,43 kg, una diferencia demasiado pequeña para considerarla real (Maier, Davy et al., 2021).
Hay además costos que ninguna estimación contabilizó y que el productor sí paga: la mano de obra de arreo y tratamiento repetido, y los vientres descartados por cicatriz o ceguera. La encuesta del USDA de 2007 registró 1,8 % de vacas descartadas por daño ocular, y en el brote australiano donde el 96 % de los Shorthorn se enfermaron, el 3 % quedó ciego de forma permanente (Dennis y Kneipp, 2021). Lo que no admite discusión es el bienestar: la QIB duele, y sin intervención aumenta el riesgo de secuelas graves, por eso se recomienda tratar (O’Connor y Kneipp, 2021).
Diagnóstico en campo
En lugar de puntajes complicados, Kneipp (2021) propone observar cuatro cosas en orden: estado de la conjuntiva, estado de la córnea (si hay úlcera, de qué tamaño y qué tan profunda), compromiso de otras estructuras y grado de dolor. Dos claves prácticas evitan tratar de más:
- El color manda. Un ojo azulado indica inflamación activa; uno gris o blanquecino es cicatriz de algo que ya pasó (Figura 3). Muchos animales se tratan sin necesidad por no distinguir una de otra.
- El colorante confirma. La fluoresceína se fija donde la córnea está lesionada, y en las úlceras profundas el borde se ve difuso porque el colorante se filtra (Figura 4).
Un detalle clínico que vale oro: como los nervios se concentran en la capa más superficial, cuando el animal parece dolerle menos puede ser porque la úlcera se profundizó, no porque esté mejorando (Kneipp, 2021).

Figura 3. Anatomía de la lesión corneal y lectura clínica del color. (Elaboración propia a partir de Kneipp, 2021.)

Figura 4. Prueba de fluoresceína en campo: úlcera superficial frente a úlcera profunda. (Elaboración propia a partir de Kneipp, 2021.)
Tabla 3. Diagnóstico diferencial en el potrero.
| Cuadro | Signo que lo distingue de la QIB | ¿Compromete al animal en general? |
| Cuerpo extraño, arista o trauma | Animal aislado; lesión de forma irregular | No |
| Rinotraqueítis infecciosa bovina | Conjuntivitis y párpados inflamados, sin úlcera de córnea | Sí, con signos respiratorios |
| Fiebre catarral maligna | Opacidad que avanza desde el borde hacia el centro; ganglios aumentados | Sí, fiebre alta y descarga nasal |
| Listeriosis por ensilaje | Generalmente un solo ojo; secreción no purulenta; avance lento | Puede haber signos nerviosos |
| Micoplasmas y clamidias | Conjuntivitis sin úlcera característica | No necesariamente |
| Deficiencia de vitamina A | Ceguera sin úlcera; afecta animales del mismo lote alimentados igual | Sí |
| Tumor de ojo | Masa de crecimiento progresivo en animales adultos | No |
Nota. Elaboración propia a partir de Kneipp (2021) y Loy, Clothier y Maier (2021). La pista más útil es que la QIB afecta solo los ojos.

Figura 5. Árbol de decisión diagnóstica en potrero. (Elaboración propia a partir de Kneipp, 2021.)
Tratamiento basado en evidencia
Tratar es mejor que no tratar, pero no se sabe cuál antibiótico es mejor que cuál: existe un solo estudio comparativo directo, con 30 terneros, del que no se puede concluir nada por deficiencias de diseño (O’Connor y Kneipp, 2021).
El resultado más ilustrativo del área es el de la tulatromicina: al día 9 habían sanado los 49 animales tratados frente a solo 4 de 49 sin tratar, pero al día 21 los no tratados llegaron a 43 de 49. La enfermedad se cura sola con el tiempo, y esa es la razón por la que muchos productos parecen funcionar sin que exista prueba de ello.
Los parches oculares muestran cómo cambia la evidencia: cuando se revisó el tema no había un solo estudio, y un ensayo posterior en novillos de levante en pastoreo mostró que las úlceras cicatrizan en 10 días con parche frente a 14 días sin él (Maier, Davy et al., 2021). Es una medida barata y con respaldo.
Tabla 4. Tratamientos y medidas de apoyo: resultados y calidad del respaldo.
| Medida | Resultado observado | Calidad del respaldo | Advertencia |
| Tulatromicina | 49 de 49 sanaron al día 9, frente a 4 de 49 sin tratar | Fuerte: dos ensayos controlados | Producto registrado varía por país |
| Florfenicol | Úlcera cerrada al día 20 en 48 de 49 (esquema intramuscular) y 39 de 42 (subcutáneo), frente a 33 de 52 sin tratar | Buena: un estudio publicado con resultados claros | Esquemas y dosis difieren entre presentaciones |
| Oxitetraciclina | Cicatrización más rápida que sin tratar, sin magnitud reportada | Débil: el expediente de registro no aporta ensayos controlados | Ampliamente usada pese al respaldo escaso |
| Penicilina bajo la conjuntiva | No evaluada | Ninguna | Posiblemente el tratamiento más usado, sin evidencia |
| Parche ocular | Cicatrización en 10 días frente a 14 días sin parche | Buena: un ensayo aleatorizado | No mejoró de forma clara la ganancia de peso |
| Colgajo del tercer párpado | No evaluado | Ninguna | Uso frecuente sin ningún estudio publicado |
Nota. Elaboración propia a partir de O’Connor y Kneipp (2021) y Maier, Davy et al. (2021). Los productos registrados, las presentaciones y los tiempos de retiro cambian de un país a otro; todo tratamiento debe ir con prescripción de médico veterinario, ajustado a la norma vigente y al destino comercial de los animales.
Prevención: qué funciona, qué no y qué falta
Ninguna investigación publicada muestra que las vacunas comerciales funcionen, y después de 60 años todavía no hay una eficaz ampliamente disponible. La razón de fondo es conocida. Los pili de la bacteria vienen en al menos siete variantes que no protegen entre sí, la bacteria puede cambiar de una a otra, e incluir varias en una misma vacuna genera competencia entre antígenos. Además, la córnea no tiene vasos sanguíneos, lo que limita la llegada de anticuerpos desde la sangre (Maier, O’Connor y Sheedy, 2021). El trabajo genómico en Uruguay lo confirma desde otro ángulo: la proteína de los pili es el componente más diferente entre las dos especies de Moraxella que interesan, mientras que el sistema de captación de hierro es el más conservado y aparece como blanco más prometedor (Bilbao et al., 2024). La citotoxina, casi idéntica en cepas de todo el mundo, es la otra vía: una vacuna intranasal basada en ella no redujo el número de animales enfermos, pero acortó el tiempo con úlceras graves (Angelos et al., 2023). Es una pista, no una solución.
La vacunación no puede recomendarse ni descartarse de plano, pero no debe ocupar el lugar del control del sol, las moscas y el trauma ocular. Un matiz regional: en Brasil se documentó que un mismo animal puede portar cepas genéticamente distintas de M. bovis a la vez (Comin et al., 2020), de modo que una vacuna autógena elaborada a partir de un solo aislamiento puede no representar el desafío real de la finca.
Tabla 5. Programa de control por categoría animal y época.
| Medida | Categoría objetivo | Época | Frecuencia | Responsable |
| Recorrido y detección temprana con revisión ocular | Terneros al pie de madre y levante | Época de mayor radiación y de mayor carga de moscas | Al menos semanal | Vaquero o mayordomo |
| Confirmación con fluoresceína y clasificación de la lesión | Animales detectados | Todo el año | En cada caso | Médico veterinario |
| Tratamiento con antibiótico de respaldo demostrado, bajo prescripción | Animales con úlcera confirmada | Todo el año | En cada caso | Médico veterinario |
| Parche ocular como complemento del tratamiento | Animales con úlcera | Todo el año | En cada caso | Personal capacitado |
| Sombra disponible en potreros y corrales | Todas | Época de radiación intensa | Permanente | Administración |
| Control de moscas (aretes o aplicación dorsal, indistintamente) | Terneros y levante | Época de mayor carga | Según duración del producto; retirar aretes al final | Personal de manejo |
| Registro de casos: número de animales, ojos afectados, lote y fecha | Todas | Todo el año | Permanente | Administración |
| Considerar la composición racial al planificar cruzamientos | Hato reproductor | Planificación anual | Anual | Administración y asesor |
| Vacunación | A evaluar caso por caso | — | — | Decisión con el veterinario, informada por la evidencia disponible |
Nota. Elaboración propia a partir de Kneipp (2021), O’Connor y Kneipp (2021), Maier, Davy et al. (2021), Maier, Doan y O’Connor (2021), Allan y Van Winden (2020), Dennis y Kneipp (2021) y Maier, O’Connor y Sheedy (2021). En sistemas tropicales con base cebuina el riesgo esperado es menor; en sistemas subtropicales, de altura o con genética predominantemente europea, la detección temprana, la sombra y el control de moscas son prioridad.
Conclusiones y recomendaciones
- No hay un solo culpable. Moraxella bovis es la única bacteria que ha demostrado causar la enfermedad, pero vive también en ojos sanos y necesita un ojo previamente irritado. Por eso los programas basados en una sola medida dan resultados dispares.
- La cría concentra la mano de obra. Los terneros al pie de la madre concentran los casos; tras el destete la incidencia baja, pero las secuelas se arrastran hasta el descarte de vientres.
- La raza y el clima cambian el panorama. Buena parte del ganado latinoamericano está en el lado favorable; los sistemas con genética europea bajo sol intenso, en el opuesto.
- Detectar temprano es lo que más rinde. El costo se triplica cuando el caso pasa de un ojo a dos, y recorrer los lotes no requiere comprar nada.
- Las vacunas no reemplazan el manejo. Ningún ensayo muestra que las comerciales funcionen.
- Distinga cicatriz de lesión activa antes de tratar. El color del ojo y la fluoresceína evitan tratamientos innecesarios y costos de retiro.
Referencias
Allan, J. y Van Winden, S. (2020). Randomised control trial comparing cypermethrin-based preparations in the prevention of infectious bovine keratoconjunctivitis in cattle. Animals, 10(2), 184. https://doi.org/10.3390/ani10020184
Angelos, J. A., Agulto, R. L., Mandzyuk, B. y Chigerwe, M. (2023). Randomized controlled field trial to assess the efficacy of an intranasal Moraxella bovis cytotoxin vaccine against naturally occurring infectious bovine keratoconjunctivitis. Vaccine: X, 15, 100378. https://doi.org/10.1016/j.jvacx.2023.100378
Bilbao, L., Acquistapace, S., Umpiérrez, A., Smircich, P., Alonzo, P., Sotelo-Silveira, J. R. y Zunino, P. (2024). Caracterización genómica de cepas de Moraxella bovis y Moraxella bovoculi causantes de queratoconjuntivitis infecciosa bovina en Uruguay. Revista Argentina de Microbiología, 56(2), 165–174. https://doi.org/10.1016/j.ram.2023.12.003
Comin, H. B., Domingues, R., Gaspar, E. B., Gil De Los Santos, J. R. y Cardoso, F. F. (2020). Genetic differences among Moraxella bovis and Moraxella bovoculi isolates from infectious bovine keratoconjunctivitis (IBK) outbreaks in southern Brazil. Genetics and Molecular Biology, 43(2), e20180380. https://doi.org/10.1590/1678-4685-GMB-2018-0380
Dennis, E. J. y Kneipp, M. (2021). A review of global prevalence and economic impacts of infectious bovine keratoconjunctivitis. Veterinary Clinics of North America: Food Animal Practice, 37(2), 355–369. https://doi.org/10.1016/j.cvfa.2021.03.010
Kneipp, M. (2021). Defining and diagnosing infectious bovine keratoconjunctivitis. Veterinary Clinics of North America: Food Animal Practice, 37(2), 237–252. https://doi.org/10.1016/j.cvfa.2021.03.001
Loy, J. D., Clothier, K. A. y Maier, G. (2021). Component causes of infectious bovine keratoconjunctivitis — non-Moraxella organisms. Veterinary Clinics of North America: Food Animal Practice, 37(2), 295–308. https://doi.org/10.1016/j.cvfa.2021.03.005
Loy, J. D., Hille, M., Maier, G. y Clawson, M. L. (2021). Component causes of infectious bovine keratoconjunctivitis — the role of Moraxella species. Veterinary Clinics of North America: Food Animal Practice, 37(2), 279–293. https://doi.org/10.1016/j.cvfa.2021.03.004
Maier, G., Doan, B. y O’Connor, A. M. (2021). The role of environmental factors in the epidemiology of infectious bovine keratoconjunctivitis. Veterinary Clinics of North America: Food Animal Practice, 37(2), 309–320. https://doi.org/10.1016/j.cvfa.2021.03.006
Maier, G., O’Connor, A. M. y Sheedy, D. (2021). The evidence base for prevention of infectious bovine keratoconjunctivitis through vaccination. Veterinary Clinics of North America: Food Animal Practice, 37(2), 341–353. https://doi.org/10.1016/j.cvfa.2021.03.009
Maier, G. U., Davy, J. S., Forero, L. C., Bang, H., Clothier, K. y Angelos, J. A. (2021). Effects of eye patches on corneal ulcer healing and weight gain in stocker steers on pasture: A randomized controlled trial. Translational Animal Science, 5(4), txab162. https://doi.org/10.1093/tas/txab162
O’Connor, A. M. (2021). Component causes of infectious bovine keratoconjunctivitis: The role of genetic factors. Veterinary Clinics of North America: Food Animal Practice, 37(2), 321–327. https://doi.org/10.1016/j.cvfa.2021.03.007
O’Connor, A. M. y Kneipp, M. (2021). Evidence base for treatment of infectious bovine keratoconjunctivitis. Veterinary Clinics of North America: Food Animal Practice, 37(2), 329–339. https://doi.org/10.1016/j.cvfa.2021.03.008
Zheng, W., Porter, E., Noll, L., Stoy, C., Lu, N., Wang, Y., Liu, X., Purvis, T., Peddireddi, L., Lubbers, B., Hanzlicek, G., Henningson, J., Liu, Z. y Bai, J. (2019). A multiplex real-time PCR assay for the detection and differentiation of five bovine pinkeye pathogens. Journal of Microbiological Methods, 160, 87–92. https://doi.org/10.1016/j.mimet.2019.03.024